Condiciones básicas para la construcción de una nueva mayoría


Los partidos de la Concertación han demostrado incapacidad para sacar las lecciones de la derrota en la primera segunda vueltas en las elecciones presidenciales; hoy es tarde para llevar a cabo la necesaria autocrítica, pues a la centro-izquierda y al progresismo le esperan desafíos fundamentales que, de no enfrentarlos adecuadamente, podrían condenarlos a la marginalidad política.

La Coalición de fin de siglo que gobernó hasta hace meses ya cumplió su etapa histórica y se pueden valorar sus méritos y reconocer sus carencias, en especial, la excesiva prudencia – una señora viuda, que coquetea con el inmovilismo -. La fórmula básica de la reunión de los cuatro partidos de la Concertación, como dirección única y autoritaria, y el eje democratacristiano- socialista, ha terminado por convertirse en una rémora para poder plantearse, con cierta libertad, la construcción de una nueva mayoría.

Una alianza electoral que incluya la hoy fenecida Coalición con el PRI, el Partido Progresista (en formación), el Partido Comunista y otros partidos, además de estar condenada al fracaso, considero que es una torpe sumatoria de fuerzas políticas y sociales que piensan muy distinto. Por lo demás, un actuar político basado en ejes – en los años setenta, comunista y socialista, y, en la actualidad, democratacristiano y socialista – termina por someter a las otras fuerzas a los dos partidos aliados.

Mientras subsista la Coalición de fin de silgo bajo respirador artificial, será prácticamente imposible iniciar una construcción de una nueva mayoría, pues ninguno de los partidos críticos a esta forma de hacer política – y que con razón rechazaron el bipolio, predominante en la política chilena – está dispuesto a ser tratado como “yanacona”, indios de servicio que cumplen papeles secundarios en una alianza ya condenada por la opinión pública y que ya cumplió su ciclo histórico.

Es evidente que los Partidos que integran la coalición de cuadro partidos fueron rechazados por haberse alejado de los sentimientos, ideas y necesidades de los ciudadanos, a causa de 20 años en el poder que terminaron por alejarla de los ideales del bien público que le dio nacimiento.

Los partidos que constituían la Concertación han dejado de expresar ideas, ideales, convicciones, creatividad y, sobretodo, un proyecto histórico para Chile. El pragmatismo y la búsqueda de consensos, producto del temor a la derecha terminó por inmovilizarlos transformándose más bien en instituciones burocráticas, con tendencia a la utilización del Estado al servicio cada partido.

La actitud que ha asumido la directiva democratacristiana, presidida por el Senador DC de la quinta región es, a mi modo de ver, una expresión muy clara de la vieja forma de hacer política, que condujo a la Concertación a la debacle y al rechazo ciudadano. En el fondo, la Democracia Cristiana plantea un veto a cualquier diálogo que considere superado el eje socialista-democratacristiano, más bien plantea una especie de pacto electoral hegemonizado por la Concertación – no hay que ser perspicaz para pensar que supone la sumisión de las otras fuerzas, bajo la promesa de cupos municipales, una forma de hacer política de “palos y bizcochuelos”-.

Mientras la Democracia Cristiana tenga poder de veto y el conjunto de la Concertación esté sometido al eje DC-PS, o bien a la coordinación de los cuatro presidentes de partidos - todos ellos con un veto similar al del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas – será difícil construir un diálogo con otras fuerzas y, mucho menos, construir un proyecto país.

Claramente, el senador Presidente de la DC ha desechado todo intento de pacto con el Partido Comunista que incluya aspectos programáticos o de proyecto país; este partido tendría que conformarse con un acuerdo electoral contra la exclusión.

De prosperar el veto de la directiva de la Democracia Cristiana, respecto a la discusión de temas programáticos y de proyecto nacional, será imposible pensar en una nueva mayoría y en una oposición capaz de reencantar a los ciudadanos. Una concepción de oposición solamente basada en la búsqueda de reconquistar el poder sólo puede tener un éxito inmediato respecto al bloqueo parlamentario de los proyectos presentados por el gobierno, pero tiene pocas posibilidades de éxito con relación a la construcción de una nueva mayoría social, que surja de la ciudadanía y no de las direcciones políticas.

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